Gabriel no había dormido bien durante la noche. Se había levantado incontables veces para ir al baño porque sufría de una enfermedad muy rara que le habían diagnosticado cuando era adolescente. Mientras se daba cuenta de donde estaba sintió una punzada en la zona de la vejiga por lo que se sentó al borde de la cama con los codos apoyados sobre sus piernas mientras se restregaba los ojos con las palmas de sus manos. Era la estación más calurosa del año en esa parte del hemisferio así que estaba más que justificado que durmiese desnudo. Prendió la lámpara que se encontraba al lado de su cama y miró el reloj digital que su madre le había regalado en uno de sus cumpleaños. Eran las cuatro y trece. Al lado del reloj se encontraba una fotografía, vieja y doblada, de él con tres personas más. Lo interesante de esta fotografía era que estaba en blanco y negro, a pesar de que la fotografía a color se había inventado muchos años antes de su nacimiento. También había unas viejas monedas apiladas una encima de otras, un reloj de pulsera, un frasco con medicinas y un libro de pasta negra con un papelito que señalaba el lugar donde se había dejado la lectura la noche anterior. Lo más curioso de este libro era que había sido pasado de generación en generación desde su bisabuelo. Se trataba de un ejemplar de Fausto, en su idioma original y con ilustraciones a mano hechas del primer dueño; era también lo más preciado que tenía en ese momento, además de su vida misma. Gabriel se estaba terminando de despertar cuando de pronto el fluorescente de la lámpara se apagó. Era de esperarse. Desde hacía 15 años que había salido de la fábrica y nunca había presentado problemas, hasta la mañana anterior que no quería prender como de costumbre. Él no era supersticioso pero supo de inmediato que se trataba de un mal presagio. “A lo mejor hoy me llega el día y por fin alguien me pega un plomo en la cabeza o estalla una bomba aquí mismo.” – pensaba. Pero no era eso lo que había de acontecerle a él. Sintió de nuevo las punzadas en el vientre de modo que optó por ponerse ropa interior y caminar con dirección al baño. Al abrir la puerta, por alguna extraña razón que escapa nuestro conocimiento, sintió frío y recordó la primera vez que vio un muerto en la universidad hace ya más de 7 años atrás. Era esa misma aura frívola y sombría que nunca habría de olvidar mientras siguiera con vida. No sabía si debía tomarlo como un augurio de lo que habría de acontecer ese día.
El pasillo estaba desordenado y había un montón de cajas viejas y vacías de las que nadie sabía cómo habían aparecido allí de la noche a la mañana, o al revés. Por más que las habían cambiado de lugar, y hasta botado de la casa, siempre aparecían de nuevo allí a pesar de los mejores esfuerzos de todo el mundo. Una vez alguien había intentado quemarlas pero lo único que se pudo conseguir fue gastar combustible y casi quemar la casa por la cantidad usada, de modo que se convino dejarlas allí ya que no había otra solución para ellas. Habían venido para quedarse hasta nadie sabe cuándo. Otro hecho curioso era que nadie nunca había conseguido abrir una de ellas. Estaban hechas de cartón y cerradas con cinta adhesiva e incluso tenían agujeros en los costados para levantarlas, pero cuando alguien quiso mirar en su interior con una linterna por esos agujeros no se pudo ver más que una inmensa negrura. A Gabriel le gustaban esas cajas, a pesar de todo, pues tenían unos dibujos extraños en las caras laterales parecidos a jeroglíficos del antiguo Egipto, lo que le hacía recordar aquellas interminables tardes en la biblioteca del abuelo cuando era niño. Allí fue que descubrió el Fausto que estaba en su mesita de noche y supo que algún día él sería el dueño. Siempre que él cruzaba al lado de las cajas se parecía escuchar voces o cantos dependiendo de la hora y la fecha, pero para otras personas esos sonidos eran imperceptibles, por lo que decidió dejar de hablar de ello.
Una vez que llegó a la puerta del baño, por alguna razón extraña que nuevamente escapa nuestro conocimiento, se le erizaron los pelos de la nuca y en ese momento supo que algo andaba mal. Cuando abrió la puerta terminó de convencerse de que ese mismo día había ocurrido, o ocurriría, algún hecho funesto. Al lado del inodoro, en posición fetal, se encontraba un esqueleto cubierto por telarañas. Gabriel se sorprendió en gran manera. Trémulo y temeroso, se acercó al esqueleto y, como todo ser humano haría, lo tocó. El esqueleto se hizo polvo inmediatamente y, de las telarañas, se empezaron a formar capullos grises de donde al rato salieron unas mariposas anaranjadas que llenaron toda la estancia. De pronto una por una empezó a marchitarse y, mientras caían, eran consumidas por un fuego que brotaba de cada una de ellas hasta quedar reducidas a cenizas. Él sólo se limitó a contemplar aquel espectáculo, que sus ojos no querían ver, mientras se acurrucaba en un rincón del baño. Mientras las mariposas iban desapareciendo la luz titilaba prendiéndose y apagándose en intervalos muy irregulares confiriéndole un efecto hipnótico a todo el espectáculo. Cuando desapareció la última de ellas, gritó con todas sus fuerzas hasta que se quedó sin aliento. Se quedó mirando, encogido, sujetándose las piernas, el lugar donde hacía unos instantes estaba el esqueleto, con unos ojos inyectados de sangre y desorbitados. En ese estado lo encontraron sus hombres cuando llegaron atraídos por el grito. Nadie sabía lo que había acontecido salvo él; nadie entendía el por qué de su llanto, salvo él. Cuando consiguieron que se ponga de pie, se desmayó. Lo sacaron semidesnudo con dirección al centro médico y, mientras lo llevaban, seguían barajando ciertas hipótesis de lo que había pasado. Pero nadie más que Gabriel sabía lo que el sí: y era que su madre había muerto.
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