A Lorena, obviamente.
Llegas ante mí, vestida de la primavera,
dueña del mundo, a mi alcoba todas las mañanas.
Me despiertas con una de tus caricias de antes,
llena de perfumes, olor a tierra mojada.
Llegas radiante y el sol se va esforzando en vano,
eres tú quien se lleva las penas y el invierno.
Me traes un puñado de tus besos en tus labios
y siempre estás más hermosa cada vez que te veo
¡Ah mujer! Yo te amé con la fuerza de los hombres
pues tu piel calmaba mi pasión desenfrenada.
Amé tu vida mucho más que a la mía propia,
porque en ti estaba el fragmento faltante de mi alma.
Ahora preguntas la razón por la que escribo esto,
si estás lejana y ya no nos hemos encontrado.
Escucha para que veas el por qué de lo que hago:
y la única sencilla razón es porque te amo.
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